Toda historia del Temple empieza con el mismo nombre: Hugo de Payns, un caballero de la Champaña que hacia 1119 o 1120 se presentó en Jerusalén con un pequeño grupo de compañeros y una propuesta que, vista desde la época, era casi una contradicción. Querían vivir como religiosos —con votos de pobreza, castidad y obediencia— sin dejar de ser hombres de armas. Su misión declarada era proteger a los peregrinos que recorrían los caminos entre la costa y los Santos Lugares.
Para entender por qué aquello tuvo sentido hay que situarse en el reino de Jerusalén veinte años después de la primera cruzada. La ciudad había sido tomada en 1099, pero el territorio cristiano era una franja estrecha, mal comunicada y con muy pocos caballeros residentes. La mayoría de los cruzados había vuelto a Europa tras cumplir su voto. Los caminos —en especial el que bajaba de Jerusalén al Jordán— eran peligrosos, y las crónicas de la época recogen ataques a grupos de peregrinos desarmados.
Lo que dicen las fuentes
El problema de los orígenes del Temple es que casi nadie escribió sobre él mientras ocurrían. Los primeros templarios eran pocos, pobres e irrelevantes para los cronistas. Los relatos más completos se escribieron décadas más tarde, cuando la orden ya era poderosa y había motivos para embellecer —o para criticar— su comienzo.
El texto más citado es el de Guillermo, arzobispo de Tiro, que escribió su gran crónica del reino latino en las décadas de 1170 y 1180. Según él, los fundadores fueron Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer, que hicieron sus votos ante el patriarca de Jerusalén; el rey Balduino II les cedió una parte de su palacio, situado en el edificio que los cruzados llamaban «Templo de Salomón». De ahí el nombre: los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón.
La existencia de Hugo de Payns está atestiguada en documentos de la Champaña anteriores a su viaje a Oriente, y su papel como primer maestre aparece tanto en la crónica de Guillermo de Tiro como en las actas del concilio de Troyes y en la carta de Bernardo de Claraval dirigida a él.
Guillermo de Tiro añade un detalle que se ha repetido hasta hoy: que durante nueve años los caballeros fueron solo nueve. Es una cifra muy redonda y muy sospechosa. Otras fuentes, como el cronista Miguel el Sirio, dan números distintos, y algunos indicios apuntan a que el grupo creció antes. Lo más prudente es tomar el «nueve por nueve» como un recurso narrativo de un autor que, además, no tenía especial simpatía por la orden en la época en que escribía.
La fecha exacta de fundación no se conoce. Los historiadores proponen entre 1118 y 1120. Se ha relacionado con el concilio de Nablus de enero de 1120, en el que el reino abordó problemas de orden público, aunque sus actas no mencionan expresamente a los templarios.
Un palacio prestado y ninguna riqueza
Lo que sí parece claro es que los primeros años fueron de auténtica pobreza. La orden dependía de donaciones del rey, del patriarca y de algunos nobles. No tenía tierras en Europa, ni encomiendas, ni una regla escrita. Era, en sentido estricto, una cofradía de caballeros con votos, una figura que no encajaba en ninguna categoría reconocida por la Iglesia.
Ese era precisamente el problema. Un monje no podía derramar sangre; un caballero no vivía bajo una regla. Mezclar las dos cosas generaba dudas teológicas reales, y hay testimonios de que algunos de los primeros hermanos se preguntaban si su forma de vida era legítima. Una carta conservada, atribuida a un tal «Hugo Peccator» —cuya identidad se discute—, intenta tranquilizar a los hermanos frente a esas dudas.
El viaje a Occidente y el concilio de Troyes
Hacia 1127, Hugo de Payns viajó a Europa con varios compañeros. El viaje tenía dos objetivos: reclutar hombres para el reino de Jerusalén y conseguir que la Iglesia reconociera oficialmente su forma de vida. Recorrió la Champaña, Anjou, Normandía, Inglaterra y Escocia, y por donde pasaba recibía donaciones de tierras, dinero y caballos. Muchas de esas donaciones se convirtieron en las primeras casas de la orden en Occidente.
El momento decisivo fue el concilio celebrado en Troyes en enero de 1129. Asistieron legados papales, arzobispos, obispos y abades, entre ellos —según el prólogo de la regla— Bernardo de Claraval. Hugo expuso las costumbres de su comunidad y el concilio aprobó una regla escrita en latín, con unos setenta artículos, inspirada en la vida cisterciense pero adaptada a hombres que combatían.
El texto de la regla latina aprobado en Troyes se conserva, junto con un prólogo que enumera a los asistentes. Algunos documentos fechan el concilio en 1128 según el cómputo de la época, que empezaba el año en marzo; en el calendario actual corresponde a enero de 1129.
Con la regla aprobada, el Temple dejó de ser una iniciativa local y se convirtió en una institución de la Iglesia. Hugo regresó a Oriente hacia 1130 con un número considerable de reclutas, y la orden empezó a crecer a una velocidad que nadie había previsto.
Lo que no fue el origen del Temple
Alrededor de estos años oscuros se ha construido una gran cantidad de literatura especulativa. La idea más repetida es que los nueve caballeros no protegían peregrinos, sino que excavaban bajo el Monte del Templo en busca de un tesoro, el Arca de la Alianza o documentos secretos. No hay ninguna fuente medieval que lo diga. Los relatos de excavaciones templarias proceden de obras de los siglos XIX y XX y, en muchos casos, de libros de divulgación de las últimas décadas.
Según la tradición esotérica, los primeros templarios habrían recibido una misión secreta y habrían regresado a Europa con un saber oculto. No existe documento contemporáneo que lo respalde; la propia pobreza de la orden en sus primeros años, bien atestiguada, encaja mal con esa hipótesis.
También se ha discutido mucho si Hugo de Payns estaba emparentado con Bernardo de Claraval o con los condes de Champaña. Hubo relaciones claras con la corte del conde Hugo de Champaña, que acabó ingresando él mismo en la orden hacia 1125, y Bernardo tenía un tío, Andrés de Montbard, que fue templario y llegaría a maestre. Pero de ahí no se deduce ninguna conspiración: era la red normal de parentescos y fidelidades de la nobleza de la región.
Por qué importa el comienzo
Los orígenes humildes del Temple explican rasgos que acompañaron a la orden hasta el final. Su estrecha dependencia del papado, por ejemplo, nace de la necesidad de legitimar una forma de vida nueva. Su red de casas en Europa surge del viaje de reclutamiento de 1127-1129. Y su identidad —monjes que combaten— generó tanto admiración como sospecha durante dos siglos.
Hugo de Payns murió, según la tradición de la orden, en 1136. No vio los grandes castillos ni la tesorería del Temple de París. Dejó algo más duradero: un modelo que copiaron los hospitalarios, los teutónicos y las órdenes hispánicas de Calatrava, Santiago y Alcántara.
Fuentes del artículo
- Guillermo de Tiro — Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, libro XII.
- Regla primitiva del Temple (concilio de Troyes, 1129), con su prólogo.
- Barber, Malcolm — The New Knighthood: A History of the Order of the Temple, Cambridge University Press.
- Demurger, Alain — Vida y muerte de la orden del Temple.
- Nicholson, Helen — The Knights Templar: A New History.
Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.
Este texto forma parte del archivo templario. Consulta las fuentes y distingue las afirmaciones documentales de las interpretaciones y leyendas.
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