La historia que suele contarse termina en París. Pero la Orden del Temple era una estructura internacional, y lo que pasó fuera de Francia se parece muy poco a la redada del viernes 13. En la Corona de Aragón, donde los templarios habían sido una pieza central de la conquista del valle del Ebro, la orden real de arresto llegó a comienzos de diciembre de 1307 y se encontró con algo que Felipe IV no había tenido que afrontar: castillos preparados y hermanos dispuestos a defenderlos.
Jaime II ordenó la detención de los templarios de sus reinos y el asedio de sus fortalezas. Miravet, Monzón, Ascó, Cantavieja, Castellote y Chalamera resistieron durante meses. Miravet, en el Ebro, capituló a finales de 1308; Monzón, en el Cinca, aguantó hasta 1309.
Por qué aquí fue distinto
Tres razones. La primera es material: en Aragón y Cataluña los templarios controlaban fortalezas de primer orden, no encomiendas agrícolas. Miravet domina un meandro del Ebro desde una roca; tomarlo por la fuerza era caro.
La segunda es política. Jaime II no compartía la urgencia de Felipe IV. Su correspondencia muestra dudas sobre los cargos y una preocupación muy concreta: la frontera con Granada. Desmantelar de golpe a la principal fuerza militar permanente del reino no era un buen negocio.
La tercera es social. Estos templarios no eran forasteros. Eran hijos de la nobleza local, vecinos conocidos, señores de lugares que llevaban siglo y medio administrando. La acusación de herejía costaba más de sostener frente a quien tenía trato con ellos.
El concilio de Tarragona
El desenlace es la diferencia más importante y la menos divulgada. En 1312, el concilio provincial de Tarragona examinó los cargos contra los templarios de la Corona de Aragón y los declaró inocentes. No hubo hogueras. A los hermanos se les asignaron pensiones y la mayoría acabó en casas de otras órdenes o viviendo como rentistas.
Los concilios de Tarragona (1312) y de Salamanca absolvieron a los templarios de sus respectivos territorios. Las absoluciones peninsulares constan en las actas conciliares.
Cinco años después, en 1317, Juan XXII creó a instancias de Jaime II la Orden de Montesa, que heredó en el reino de Valencia buena parte del patrimonio templario con la misión explícita de defender la frontera con Granada. En Portugal, Dionisio I había obtenido en 1319 la creación de la Orden de Cristo con una operación equivalente. La institución cambió de nombre; los castillos, los hombres y la función siguieron donde estaban.
Qué queda en pie
Tarragona. Castillo templario sobre el Ebro, uno de los mejor conservados de Europa. La iglesia y el patio de armas mantienen la traza original del siglo XII.
Huesca. Aquí se educó Jaime I el Conquistador, bajo tutela templaria. Resistió el asedio de 1308-1309.
León. En el Camino de Santiago; el castillo actual es en buena parte posterior a la Orden, pero el emplazamiento fue templario.
Badajoz. Conserva el recinto y la torre llamada Sangrienta, ligada a la tradición local sobre el fin de la Orden.
Sobre Jerez de los Caballeros se repite que los últimos templarios fueron degollados en la torre antes que rendirse. El relato es de transmisión local y no está respaldado por documentación del proceso; la absolución de los templarios castellanos en Salamanca apunta justo en dirección contraria.
Visitar Miravet un día despejado enseña más sobre la Orden que muchas páginas: se entiende de golpe que aquello no era un monasterio con almenas, sino una posición militar pensada para controlar un río.
Fuentes del artículo
- Forey, Alan — The Templars in the Corona de Aragón, Oxford University Press.
- Actas del concilio provincial de Tarragona, 1312.
- Bula de creación de la Orden de Montesa, Juan XXII, 1317.
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