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Historia

Bernardo de Claraval y el «Elogio de la nueva milicia»: el texto que justificó a los monjes guerreros

Un abad cisterciense que predicaba la humildad escribió la defensa más famosa de unos caballeros que mataban. Qué dice el texto, por qué se escribió y qué problema intentaba resolver.

Si el concilio de Troyes dio al Temple una regla, Bernardo de Claraval le dio un argumento. Su breve tratado De laude novae militiae —«Elogio de la nueva milicia»— es probablemente el texto más influyente que se escribió sobre la orden en toda su historia. No es una crónica ni un reglamento: es una defensa teológica, escrita para convencer a quienes dudaban de que un hombre pudiera ser a la vez monje y soldado.

Bernardo era, hacia 1130, la voz más escuchada de la Iglesia occidental. Abad de Claraval desde 1115, impulsor de la expansión cisterciense, consejero de papas y reyes, predicaría años después la segunda cruzada. Que él escribiera en favor de los templarios era una garantía de respetabilidad que ninguna donación podía comprar.

Una carta que se convirtió en tratado

El texto se abre con una dedicatoria a Hugo de Payns, «caballero de Cristo y maestre de la milicia de Cristo». Bernardo explica que Hugo le había pedido, no una vez sino tres, que escribiera unas palabras de exhortación para sus hermanos. La fecha exacta se desconoce; los especialistas la sitúan entre 1128 y 1136, con preferencia por los primeros años de la década de 1130.

Documentado

El tratado se conserva en numerosos manuscritos medievales y forma parte de las obras completas de Bernardo. Su atribución no se discute. La dedicatoria a Hugo de Payns figura en el propio texto.

La petición repetida de Hugo dice mucho. Si el maestre insistía en obtener una palabra del abad más respetado de Europa es porque la duda existía, y no solo fuera de la orden. Algunos caballeros se preguntaban si su vida tenía el mismo valor espiritual que la de los monjes que rezaban en los claustros, o si estaban condenándose al matar.

El argumento central: dos tipos de caballería

Bernardo construye su defensa sobre un contraste deliberadamente brutal. De un lado está la caballería secular de su tiempo, a la que llama, con un juego de palabras latino, no militia sino malitia: caballeros que combaten por vanidad, por ira o por codicia, que se adornan con sedas y cabellos largos, y que arriesgan el alma en cada combate porque luchan por motivos indignos.

Del otro lado está la nueva milicia. Sus miembros no se adornan, llevan el pelo corto, no cazan ni juegan, obedecen a su superior y viven en comunidad sin propiedad personal. Luchan, dice Bernardo, por una causa justa y con una intención recta. Para ellos la muerte en combate no es una pérdida sino una ganancia.

El pasaje más conocido —y el más incómodo para el lector actual— es aquel en que Bernardo afirma que el caballero de Cristo, al matar a un malhechor, no comete homicidio sino «malicidio»: no mata al hombre, sino al mal. La idea tiene una larga raíz en la tradición de la guerra justa de san Agustín, pero Bernardo la lleva a una formulación retórica extrema.

Disputado

Los historiadores discuten cuánto reflejaba el tratado la mentalidad real de los templarios y cuánto era un ideal construido por un monje que nunca combatió. La regla del Temple, más práctica, apenas habla de teología de la guerra y se ocupa sobre todo de la disciplina diaria.

Una guía de los Santos Lugares

La segunda mitad del tratado suele olvidarse, pero ocupa buena parte del texto. Bernardo recorre los lugares de Tierra Santa —Belén, Nazaret, el monte de los Olivos, el Jordán, el Calvario, el Sepulcro— y ofrece para cada uno una meditación espiritual. Es una forma de recordar a los caballeros que su servicio no era militar a secas: defendían los escenarios mismos de la historia sagrada.

En esa parte aparece también una descripción del «Templo» donde vivían los hermanos. Bernardo contrasta el antiguo templo de Salomón, adornado con oro y plata, con la nueva casa, cuyo adorno son las virtudes de sus habitantes. Las paredes, dice, no están cubiertas de joyas, sino de escudos, sillas y bridas colgadas en orden.

Por qué el texto fue tan eficaz

El Elogio tuvo una función muy concreta: legitimar a la orden ante la nobleza y el clero de Occidente. Los templarios necesitaban reclutas y donaciones, y ambas cosas dependían de su reputación. Un caballero que dudaba entre ingresar en Claraval o en el Temple encontraba en Bernardo la seguridad de que ambas vidas conducían a la salvación.

La influencia de Bernardo en el Temple también ha sido exagerada a veces. Se dice con frecuencia que él redactó la regla de 1129. El prólogo de la regla menciona su presencia en Troyes y su participación, pero el texto se atribuye al secretario del concilio, un tal Jean Michel, que lo habría puesto por escrito siguiendo las indicaciones de los asistentes. Bernardo influyó; no dictó.

Documentado

Andrés de Montbard, tío materno de Bernardo, fue uno de los primeros templarios y llegó a ser maestre de la orden entre 1153 y 1156. Su correspondencia con Bernardo se conserva en parte y muestra una relación estrecha.

El tratado y la leyenda

Para la literatura esotérica moderna, la relación entre Bernardo y los templarios es la prueba de un proyecto oculto: cistercienses y templarios habrían compartido un saber secreto sobre arquitectura sagrada, geometría o el propio Grial. Estas lecturas parten de una relación real —la cercanía entre ambas órdenes es indiscutible— pero añaden contenidos que no aparecen en ningún texto de Bernardo ni de la orden.

Tradición

Según la tradición esotérica, Bernardo habría sido el verdadero inspirador de una «misión» templaria relacionada con el conocimiento sagrado. El Elogio no contiene ninguna alusión de ese tipo: es un texto de exhortación moral y meditación sobre los Santos Lugares.

Leído hoy, el tratado incomoda y fascina a partes iguales. Muestra con claridad cómo una sociedad profundamente religiosa encontró una manera de sacralizar la violencia, y también cómo un texto bien escrito puede dar forma a una institución durante siglos. Cuando en 1307 los templarios fueron acusados de herejía, la orden que Bernardo había presentado como modelo de pureza cristiana se vio retratada como su exacto contrario.

Fuentes del artículo

  • Bernardo de Claraval — Liber ad milites Templi: De laude novae militiae.
  • Regla primitiva del Temple, prólogo (concilio de Troyes, 1129).
  • Barber, Malcolm — The New Knighthood: A History of the Order of the Temple.
  • Upton-Ward, J. M. (ed.) — The Rule of the Templars.
  • Nicholson, Helen — The Knights Templar: A New History.

Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.

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