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El rey que legó su reino a los templarios: el testamento de Alfonso el Batallador

En 1131 Alfonso I de Aragón dejó su reino a tres órdenes religiosas. Nadie lo cumplió, pero aquel testamento explica por qué el Temple llegó a ser tan poderoso en la Corona de Aragón.

Pocas decisiones políticas de la Edad Media son tan desconcertantes como el testamento de Alfonso I de Aragón y Pamplona, llamado el Batallador. En 1131, sin hijos, el rey dispuso que a su muerte sus reinos pasaran a tres instituciones de Tierra Santa: la orden del Templo, la orden del Hospital y los canónigos del Santo Sepulcro de Jerusalén. Era como si un rey actual legara su país a tres organizaciones internacionales.

El testamento no se cumplió. Pero la negociación para compensar a las órdenes por su renuncia marcó durante dos siglos la historia del Temple en Aragón y Cataluña.

Un rey cruzado sin heredero

Alfonso I reinó desde 1104 hasta 1134 y fue uno de los grandes conquistadores de la península. Tomó Zaragoza en 1118, después Tudela, Tarazona, Calatayud y Daroca, y llevó una expedición hasta Andalucía en 1125-1126. Su vida estuvo dominada por la guerra contra al-Ándalus, que él entendía en términos de cruzada.

Su matrimonio con Urraca de Castilla fracasó y fue anulado, y no tuvo hijos. En octubre de 1131, durante el asedio de Bayona, redactó el testamento que ha intrigado a los historiadores desde entonces. Lo confirmó en 1134, poco antes de morir tras la derrota de Fraga.

Documentado

El testamento de Alfonso I, fechado en Bayona en 1131 y confirmado en 1134, se conserva en copia. En él deja el reino, a partes iguales, al Santo Sepulcro de Jerusalén y a sus canónigos, al Hospital de los pobres de Jerusalén y a los caballeros del Temple, a los que presenta como defensores de la cristiandad.

¿Piedad o estrategia?

Los historiadores llevan más de un siglo discutiendo por qué hizo algo así. Unos ven en el testamento la expresión sincera de la religiosidad de un rey obsesionado con la cruzada. Otros lo interpretan como una maniobra política: al dejar el reino a instituciones que no podían gobernarlo, el rey habría intentado impedir que lo heredara un rival concreto —como el rey de Castilla— y forzar una negociación posterior en la que el papado tendría un papel.

Disputado

La interpretación del testamento sigue abierta. Elena Lourie defendió en 1975 que debía tomarse en serio como expresión de la piedad de Alfonso; otros autores lo han leído como un movimiento político calculado. No hay forma de saber con certeza lo que pensaba el rey.

Lo que pasó en realidad

Cuando Alfonso murió en 1134, la nobleza de sus reinos ignoró el testamento. Los navarros eligieron rey a García Ramírez. Los aragoneses sacaron del monasterio a Ramiro, hermano del difunto, que era monje y obispo electo, y lo proclamaron rey. Ramiro II se casó, tuvo una hija, Petronila, y la prometió con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. De ese compromiso, en 1137, nació la unión dinástica que dio origen a la Corona de Aragón.

Las órdenes, sin embargo, tenían un documento que les daba derechos sobre el reino, y el papado los respaldaba. Ramón Berenguer IV tuvo que negociar con cada una de ellas su renuncia. Con el Hospital y el Santo Sepulcro llegó a acuerdos en 1140-1141. Con el Temple la negociación fue más larga y más generosa.

La concordia de 1143

En 1143, en Girona, Ramón Berenguer IV y los templarios firmaron un acuerdo por el que la orden renunciaba a sus derechos sobre el reino a cambio de una compensación muy importante. Recibió una serie de castillos —entre ellos Monzón, Chalamera, Barberà, Remolins y Corbins—, una renta anual, exenciones fiscales, la décima parte de las rentas reales y una quinta parte de las tierras que se conquistaran en el futuro a los musulmanes.

Documentado

El acuerdo de 1143 se conserva en el archivo de la Corona de Aragón y en copias de los cartularios templarios. Fue confirmado posteriormente por el papado. Es la base del poder territorial del Temple en Aragón y Cataluña.

Además, el conde se comprometió a no firmar paces con los musulmanes sin el consentimiento de la orden. Era un acuerdo que convertía al Temple en socio militar permanente de la monarquía.

Las consecuencias

La concordia de 1143 cambió el carácter de la orden en la península. En Francia o Inglaterra el Temple era sobre todo una red de encomiendas que enviaban rentas a Oriente. En la Corona de Aragón se convirtió también en una fuerza militar con frontera propia. Participó en la toma de Tortosa en 1148 y de Lleida en 1149, y recibió su parte de las conquistas.

Un siglo después, la orden seguía siendo un pilar de la monarquía. Cuando el pequeño Jaime I quedó huérfano tras la muerte de su padre en la batalla de Muret en 1213, fue confiado a los templarios y educado en el castillo de Monzón, bajo la tutela del maestre provincial Guillem de Montrodón. Ya adulto, el rey contó con la orden en las conquistas de Mallorca y Valencia.

Tradición

Se ha dicho a veces que Alfonso I habría pertenecido en secreto al Temple o que habría recibido de la orden algún conocimiento reservado. No hay ningún documento que lo indique. Su relación con las órdenes de Tierra Santa es la de un rey cruzado que admiraba su función.

Del testamento a la resistencia

Cuando en 1307 llegó la orden de arrestar a los templarios, los de Aragón no se rindieron como en Francia: se encerraron en Miravet, Monzón y otros castillos y resistieron más de un año. Aquella resistencia solo se explica por el peso que la orden había adquirido en el reino. Y ese peso empezó con un testamento que nadie cumplió.

Fuentes del artículo

  • Testamento de Alfonso I de Aragón (Bayona, 1131; confirmado en 1134).
  • Concordia entre Ramón Berenguer IV y la orden del Temple (Girona, 1143).
  • Lourie, Elena — «The Will of Alfonso I, "El Batallador", King of Aragon and Navarre: A Reassessment», Speculum 50 (1975).
  • Forey, Alan — The Templars in the Corona de Aragón.
  • Lacarra, José María — Alfonso el Batallador.

Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.

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