El 29 de marzo de 1139 el papa Inocencio II firmó una bula que cambió el estatuto del Temple para siempre. Se conoce por sus primeras palabras, Omne datum optimum —«todo don excelente», cita de la carta de Santiago—, y es probablemente el documento jurídico más importante en la historia de la orden. Con él, los templarios dejaron de depender de los obispos locales y pasaron a estar bajo la protección directa de Roma.
Para entender su alcance hay que recordar cómo funcionaba la Iglesia del siglo XII. Cada diócesis tenía su obispo, que controlaba el clero, cobraba diezmos y podía intervenir en los monasterios de su territorio. Una orden que se extendía por toda la cristiandad —con casas en Francia, Inglaterra, la península ibérica y Tierra Santa— estaba expuesta a decenas de obispos distintos, cada uno con sus intereses.
Qué concedía la bula
El documento reconoce al Temple como una orden religiosa aprobada y le otorga un conjunto de privilegios que conviene enumerar, porque cada uno tuvo consecuencias:
- Protección apostólica. La orden y sus bienes quedaban bajo la tutela de la Sede Apostólica.
- Exención episcopal. Los obispos no tenían jurisdicción sobre los hermanos; solo el papa podía juzgarlos.
- Capellanes propios. La orden podía admitir sacerdotes que vivieran como hermanos y atendieran sus necesidades espirituales, sin depender del clero diocesano.
- Botín. Lo que los templarios tomaran a los enemigos podía quedarse en la orden.
- Diezmos. Quedaban exentos de pagarlos y, además, podían recibirlos con el consentimiento de los obispos.
- Elección del maestre. Solo los propios hermanos podían elegirlo, sin injerencia exterior.
El texto de Omne datum optimum se conserva y fue confirmado por papas posteriores. Lo completaron otras dos bulas: Milites Templi (Celestino II, 1144), que animaba a los fieles a hacer donaciones a la orden, y Militia Dei (Eugenio III, 1145), que le permitía construir oratorios y enterrar a sus muertos en cementerios propios.
Una orden con su propia Iglesia
Juntas, las tres bulas dieron al Temple algo muy parecido a una estructura eclesiástica paralela. Tenía sacerdotes propios, iglesias propias, cementerios propios y una fuente de ingresos libre de las cargas habituales. Para una orden militar que necesitaba financiar castillos y guerreros en Oriente, aquello era vital: cada diezmo no pagado era dinero que iba a Tierra Santa.
Pero los privilegios tenían un precio político. Los obispos perdían ingresos y autoridad, y el clero parroquial veía cómo los fieles preferían enterrarse en los cementerios templarios —con las donaciones que eso implicaba— o asistir a misa en sus capillas. Durante todo el siglo XII y XIII llegaron a Roma quejas de obispos contra los abusos de las órdenes militares.
El tercer concilio de Letrán (1179) abordó expresamente las quejas contra templarios y hospitalarios por los privilegios de que abusaban, como admitir a excomulgados en sus iglesias o recibir iglesias de manos laicas sin consentimiento episcopal. Guillermo de Tiro, que asistió al concilio, se hizo eco de esas críticas en su crónica.
Responder solo ante el papa
La exención episcopal tenía una consecuencia que en 1139 nadie podía prever. Si la orden solo podía ser juzgada por el papa, su destino dependía de la fortaleza del papado. Mientras Roma fue poderosa e independiente, eso protegía al Temple. Cuando el papado se debilitó, la protección se convirtió en vulnerabilidad.
Eso es exactamente lo que ocurrió a comienzos del siglo XIV. Clemente V, elegido en 1305, era un papa francés, enfermo y presionado por Felipe IV de Francia, que acababa de enfrentarse con éxito a su predecesor Bonifacio VIII. Cuando el rey hizo arrestar a los templarios en octubre de 1307, el papa protestó precisamente porque se había violado su jurisdicción exclusiva. Pero no tenía fuerza para imponerla.
Algunos historiadores sostienen que los privilegios del Temple, y el resentimiento que generaban entre clérigos y señores, contribuyeron a que la orden tuviera pocos defensores cuando cayó. Otros subrayan que hospitalarios y teutónicos tenían privilegios muy parecidos y sobrevivieron, lo que apunta a causas más concretas: la situación de la monarquía francesa y la pérdida de Tierra Santa.
El mito del poder ilimitado
En la literatura popular, Omne datum optimum aparece a veces como la bula que convirtió a los templarios en «un Estado dentro del Estado», libres de toda ley. Es una exageración. La orden seguía sujeta a los reyes en asuntos temporales, pagaba impuestos en muchos territorios mediante acuerdos concretos y dependía de las donaciones y del favor de los monarcas. Su exención era eclesiástica, no política.
Según algunas versiones esotéricas, los privilegios papales serían el pago a cambio de un secreto descubierto en Jerusalén. No hay ninguna base documental: privilegios equivalentes se concedieron a otras órdenes, como la del Hospital, sin que nadie les atribuya un secreto semejante.
Leída en su contexto, la bula de 1139 es un documento lógico: el papado protegía una institución útil para la defensa de Tierra Santa y la liberaba de obstáculos locales. Su historia posterior es una lección sobre cómo un privilegio que hace fuerte a una institución puede dejarla sin aliados cuando cambian las circunstancias.
Fuentes del artículo
- Inocencio II — bula Omne datum optimum (1139).
- Celestino II — Milites Templi (1144); Eugenio III — Militia Dei (1145).
- Guillermo de Tiro — Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, libro XII.
- Barber, Malcolm — The New Knighthood, cap. 2.
- Demurger, Alain — Vida y muerte de la orden del Temple.
Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.
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