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Historia

Los templarios y el dinero: depósitos, préstamos y la tesorería del rey de Francia

No inventaron la banca, pero construyeron la red financiera más fiable de su tiempo. Cómo funcionaba, para quién trabajaba y por qué acabó siendo un argumento contra ellos.

De todas las ideas que circulan sobre los templarios, la de que fueron «los primeros banqueros de Europa» es de las más repetidas. Como casi todo en su historia, tiene una parte cierta y otra exagerada. Los templarios no inventaron el crédito ni la letra de cambio, que tienen antecedentes en el mundo islámico, bizantino y en las ciudades mercantiles italianas. Pero sí construyeron una red financiera que reyes, nobles y peregrinos consideraban extraordinariamente segura.

Esa red no nació de un proyecto económico, sino de una necesidad militar. La orden tenía que trasladar constantemente recursos desde Europa —donde estaban sus tierras y sus rentas— hasta Oriente, donde estaban sus castillos y sus guerreros. Hacerlo exigía contabilidad, casas fortificadas, personal de confianza y transporte. Una vez montada esa infraestructura, ofrecerla a terceros era casi inevitable.

Las casas del Temple como cajas fuertes

El servicio más básico era el depósito. Las casas templarias eran edificios sólidos, vigilados por hombres armados y protegidos por la condición religiosa de la orden. Robar en ellas era a la vez un delito y un sacrilegio. Por eso reyes, obispos, comerciantes y particulares dejaban allí dinero, joyas, documentos y objetos de valor.

Los depósitos podían ser sellados —un cofre que la orden guardaba sin abrir— o en cuenta, de modo que el Temple administraba los fondos y llevaba un registro de entradas y salidas. Este segundo tipo es el que más se parece a un servicio bancario moderno.

Documentado

Se conservan fragmentos de la contabilidad del Temple de París de finales del siglo XIII, publicados por Jules Piquet y estudiados después por otros historiadores. Muestran cuentas abiertas a nombre de miembros de la casa real y de particulares, con anotaciones de ingresos y pagos.

Mover dinero sin moverlo

El servicio más valioso era la transferencia. Un peregrino podía depositar una suma en una casa templaria de Europa y recibir un documento que le permitía retirar el equivalente en Tierra Santa. Así evitaba viajar con monedas encima durante meses. No hay que imaginar un sistema estandarizado como un cheque: eran acuerdos documentados caso por caso, pero el principio era el mismo.

Ese servicio se usó a gran escala en las cruzadas. Durante la segunda cruzada, a finales de la década de 1140, el rey Luis VII de Francia quedó sin fondos en Oriente y el Temple le adelantó grandes sumas. En una carta conservada, el rey pide a su regente, el abad Suger, que devuelva a la orden el dinero prestado.

Documentado

La correspondencia de Luis VII con Suger, conservada, menciona expresamente el préstamo de los templarios y la urgencia de reembolsarlo. Es uno de los primeros testimonios claros del papel financiero de la orden.

La tesorería del rey de Francia

En el siglo XIII, el Temple de París —un gran recinto fortificado situado entonces fuera de las murallas de la ciudad— llegó a funcionar como tesoro de la monarquía francesa. Los ingresos reales se depositaban allí, un tesorero templario los administraba y los pagos de la corona se hacían desde esas cuentas. Era una relación de enorme confianza.

Esa confianza tuvo su momento más dramático en 1250. Luis IX había sido capturado en Egipto durante la séptima cruzada y había que pagar un rescate enorme. Según la crónica de Jean de Joinville, que estuvo presente, faltaba dinero y se pidió a los templarios. El comendador se negó al principio: el dinero depositado no era de la orden, sino de sus clientes, y no podía entregarlo sin su permiso. Joinville cuenta que acabó subiendo a la galera templaria y amenazando con romper un cofre con un hacha, hasta que los templarios cedieron sin ofrecer resistencia real.

Disputado

El episodio de Joinville se suele interpretar como una escena pactada: los templarios necesitaban demostrar que no habían entregado voluntariamente el dinero de sus clientes, y la «amenaza» les servía de justificación. Es una interpretación razonable, pero no puede comprobarse.

Préstamos y la cuestión de la usura

La Iglesia condenaba la usura, es decir, cobrar interés por un préstamo. Los templarios, como otras instituciones religiosas, prestaban dinero sin cobrar interés explícito, pero utilizaban mecanismos habituales en la época: gastos de gestión, diferencias en el cambio de moneda o la cesión temporal de rentas como garantía. No eran prácticas exclusivas del Temple ni especialmente escandalosas para su tiempo.

Lo importante es que la orden prestaba a gente muy poderosa: reyes de Francia, de Inglaterra y de Aragón, nobles cruzados, obispos. Ser acreedor de un rey es una posición peligrosa. Cuando el deudor tiene un ejército y tú no puedes reclamarle ante ningún tribunal, la deuda puede convertirse en un motivo para eliminarte.

El dinero y la caída

Felipe IV de Francia sacó la tesorería real del Temple en la década de 1290, la devolvió unos años después y volvió a organizarla a su manera. Al mismo tiempo, su gobierno pasaba por una crisis financiera crónica: devaluó la moneda, expulsó a los judíos del reino en 1306 confiscando sus bienes y presionó a los banqueros lombardos. El arresto de los templarios en 1307 encaja en esa serie.

Disputado

Que el móvil principal del rey fuera económico es una de las hipótesis más extendidas, pero no la única. Hay historiadores que subrayan la religiosidad de Felipe IV y su convicción de actuar como rey cristiano, y otros que destacan la lucha por la autoridad frente al papado. Lo más probable es que varios motivos se sumaran.

El tesoro perdido

De la fama financiera del Temple nació la leyenda de un tesoro inmenso que habría escapado al rey. Se habla de carros que salieron de París la víspera del arresto, de barcos que zarparon de La Rochelle y de riquezas escondidas en castillos de media Europa.

Tradición

El relato de los carros cargados que salieron del Temple de París procede, en parte, del testimonio de un sargento templario, Jean de Châlons, en el proceso. Es un testimonio aislado y tardío, y su credibilidad es baja. No existe documento que confirme una evacuación del tesoro ni la flota de La Rochelle.

La realidad es menos novelesca. Los bienes del Temple eran sobre todo tierras, rentas, edificios y ganado, que no se pueden cargar en un carro. Pasaron, tras largas negociaciones, a los hospitalarios y, en la península ibérica, a otras órdenes o a la corona. El verdadero «tesoro» del Temple no era un cofre escondido, sino una red de propiedades y una reputación de solvencia que tardó dos siglos en construirse.

Fuentes del artículo

  • Jean de Joinville — Vida de san Luis, relato del rescate de 1250.
  • Correspondencia de Luis VII con el abad Suger (c. 1148-1149).
  • Piquet, Jules — Des banquiers au Moyen Âge: les Templiers (1939).
  • Barber, Malcolm — The New Knighthood, cap. sobre la economía de la orden.
  • Demurger, Alain — Vida y muerte de la orden del Temple.

Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.

Sobre este contenido

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