
El 2 de julio de 1187, Saladino cruzó el Jordán y puso sitio a Tiberíades. Sabía perfectamente lo que hacía: dentro de la ciudad estaba Eschiva, esposa de Raimundo III de Trípoli, uno de los principales barones del reino de Jerusalén. Era un cebo, y funcionó.
El ejército franco estaba concentrado en los manantiales de Séforis, una posición excelente: agua abundante, terreno conocido y la posibilidad de obligar al enemigo a atacar cuesta arriba. Raimundo, cuya propia mujer estaba sitiada, fue quien argumentó con más fuerza que no debían moverse. Su razonamiento consta en las crónicas y era impecable: en julio, en Galilea, el que marcha por terreno seco pierde.
Las crónicas atribuyen el cambio de decisión a la presión nocturna de Gerardo de Ridefort, maestre del Temple, y de Reinaldo de Châtillon sobre el rey Guy de Lusignan. El relato procede en buena parte de fuentes hostiles a Ridefort, y los historiadores discrepan sobre cuánto hay de reconstrucción interesada.
La marcha
El 3 de julio el ejército abandonó el agua y avanzó hacia Tiberíades. Eran unos veinte kilómetros de meseta pelada bajo el sol de julio, con la caballería pesada cargando cota de malla y sobreveste. Los arqueros montados de Saladino los hostigaron todo el día sin llegar a trabar combate: disparaban, se retiraban, volvían. No buscaban bajas, buscaban horas.
Al caer la tarde, el ejército franco no había llegado a los pozos de Turan y decidió acampar en un altiplano sin agua, junto a dos elevaciones basálticas que los locales llamaban los Cuernos de Hattin. Esa noche, los musulmanes rodearon el campamento y, según las fuentes árabes, prendieron fuego a los matorrales secos para que el humo bajara sobre los sedientos.
La privación de agua como factor decisivo aparece tanto en las crónicas francas como en las árabes, entre ellas los relatos de Ibn al-Athir y de Imad al-Din al-Isfahani, secretario de Saladino. Es uno de los puntos en que ambas tradiciones coinciden sin matices.
La batalla
El 4 de julio por la mañana no hubo maniobra que valiera. La infantería, deshidratada, rompió la formación buscando el lago y quedó aislada de la caballería; sin infantería que los protegiera del flanco, los caballeros perdieron su única ventaja. Raimundo de Trípoli logró romper el cerco con parte de la vanguardia —hay quien lo leyó como traición y quien lo lee como una carga que el enemigo abrió deliberadamente para dejarla pasar—, pero el grueso del ejército quedó atrapado alrededor de la tienda roja del rey.
La tienda cayó al final de la tarde. Con ella cayó la reliquia de la Vera Cruz, que los francos llevaban al combate y que no se recuperó jamás.
Lo que pasó después de la batalla
Saladino trató al rey Guy con cortesía: le ofreció agua en su tienda, un gesto que en el código árabe equivalía a garantizarle la vida. Con Reinaldo de Châtillon, que había atacado caravanas de peregrinos rompiendo treguas, hizo lo contrario y lo ejecutó él mismo.
Con los templarios y hospitalarios capturados no hubo negociación ni rescate. Saladino ordenó ejecutarlos a todos, en torno a doscientos treinta hombres según los cálculos más citados. Su razonamiento, recogido por su propio cronista, era militar y no religioso: las órdenes militares eran combatientes profesionales permanentes, no nobles que pagaran rescate y volvieran a casa. Dejarlos vivir era devolverlos al campo de batalla.
La ejecución selectiva de templarios y hospitalarios tras Hattin, frente al trato dado a la nobleza secular, está recogida en las fuentes árabes contemporáneas. Gerardo de Ridefort fue una excepción: sobrevivió y fue liberado más tarde.
Por qué Hattin importa tanto
Porque el reino de Jerusalén no perdió un ejército, perdió el ejército. Las guarniciones de las ciudades se habían vaciado para reunir aquella fuerza, y tras el 4 de julio no quedaba nada detrás. Acre cayó cuatro días después. Jerusalén capituló el 2 de octubre de 1187, ochenta y ocho años después de su conquista por la primera cruzada.
La noticia desencadenó la tercera cruzada. Y para la Orden del Temple marcó el comienzo de una lógica que la acompañaría hasta 1291: cada derrota costaba hermanos irreemplazables, y cada pérdida territorial reducía la razón de ser que justificaba sus privilegios en Europa. Ciento veinte años después, cuando Felipe IV movió contra ella, esa erosión ya había hecho la mitad del trabajo.
Circula el relato de que los templarios ocultaron en Hattin un objeto sagrado —el Arca, el Grial o un tesoro rescatado del Templo— antes de la derrota. No aparece en ninguna fuente de los siglos XII o XIII; es una elaboración muy posterior, construida sobre la desaparición real e inexplicada de la Vera Cruz.
Fuentes del artículo
- Ibn al-Athir — Al-Kamil fi al-Ta'rikh, relato de la campaña de 1187.
- Imad al-Din al-Isfahani — crónica de la conquista de Jerusalén (secretario de Saladino).
- Barber, Malcolm — The New Knighthood: A History of the Order of the Temple.
- Kedar, Benjamin Z. — The Battle of Hattin Revisited, en The Horns of Hattin.
Artículo del archivo histórico del proyecto. Las interpretaciones se distinguen de las fuentes documentales.
Este texto forma parte del archivo templario. Consulta las fuentes y distingue las afirmaciones documentales de las interpretaciones y leyendas.
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